sábado, 21 de septiembre de 2013

Crónicas de la Wendy (I): soy una conversa

Supongo que yo soy una ciclista de las de la primera acepción de la RAE, de las que anda en bicicleta, ya que no soy defensora a ultranza de este medio (reconozco la utilidad del coche para cargar con la compra de todo el mes, que mis alforjas no son interdimensionales, o para desplazamientos de más de quince kilómetros) ni practico el ciclismo como deporte, ya que utilizo la bicicleta para ir de un sitio a otro: incluso cuando salgo con mi sufridor a dar una vuelta, el plan no es pedalear durante una hora, sino ir a la Alameda a tomarnos una granizada de Freskura y volver. No obstante, soy ciclista. Ando mucho en bicicleta y, lo que es peor, alardeo de ello. ¿Por qué? Porque soy una conversa y los conversos somos muy peligrosos, ya que hemos tenido que vencer nuestras propias convicciones para adoptar otras y ahora nos justificamos ante los antiguos correligionarios y ante los nuevos. Si no, ahí tenéis a Pablo de Tarso, que pasó de perseguir cristianos a darle la brasa a todo el mundo con sus cartas (miedo me da lo que hubiera hecho ese hombre hoy día, con acceso a internet).

La bicicleta es un coñazo para todo aquel que no esté montado sobre ella. Lo decía antes y lo sigo diciendo ahora: es demasiado lenta para un coche y demasiado rápida para un peatón.Cuando voy por la acera y un ciclista me toca el timbre siguen entrándome ganas de arrojarlo al suelo y patearle la cabeza, porque la ordenanza municipal estipula que las bicicletas pueden ir por la acera cuando éstas tengan más de cinco metros y puedan dejar un metro de distancia entre ellas y el peatón al que adelanten, pero en ningún sitio está escrito que los ciclistas en la acera tengan derecho a exigir que los viandantes se aparten para darles paso. Más de un encontronazo de ese tipo he tenido y, a pesar de ser usuaria de la bicicleta, supongo que los seguiré teniendo. Si quieres correr, bájate a la calzada o ve por el carril bici, aunque eso te suponga un rodeo. En el tema de la carretera, cuando ejerzo de conductora me sigue tocando la moral tener que ir detrás de un ciclista, pero puedo comprenderlo, porque es un vehículo y como tal está en su perfecto derecho a circular por la calzada y yo tengo la obligación de adelantarlo dejando un metro y medio de separación entre ambos. ¿Que me jode ir despacito hasta que pueda encontrar la ocasión? Pues sí, claro, pero el ciclista está haciendo lo que debe si no tiene un carril bici disponible en ese tramo.

Otro factor a tener en cuenta es lo mal diseñados que están algunos tramos del carril bici en Sevilla. Hay determinados puntos (por ejemplo, justo delante del que fuera Pabellón de Colombia en la Exposición Iberoamericana del 29, en la Avenida de la Palmera) en que la acera se divide entre la marquesina del autobús y el carril bici, sin que haya un espacio para la circulación de los peatones, con lo cual están obligados a invadir el carril bici o a bajarse a la calzada. Con el tráfico que hay por la Palmera, bajarme de la acera no es algo que me seduzca, precisamente. En otros casos, como en la Avenida de la Constitución, las mesas de los bares hacen imposible caminar si no es invadiendo el "itinerario ciclista con preferencia peatonal". Dado que en la señalización se especifica claramente lo de "preferencia peatonal", esos que van detrás de un viejecito tocando el timbre me ponen negra. No sé si es peor el empecinamiento del viejecito en no apartarse (está en su derecho) o el dichoso ruido del timbre de quien lo está tocando sin tener razón, porque el peatón tiene preferencia de paso.

En conclusión, como peatón y como conductora, las bicis me parecían un estorbo y una concesión a la anarquía bastante irritante. Respecto a algunos aspectos del uso que se hace de la bicicleta en la ciudad, lo sigo pensando, pero la diferencia es que ahora yo soy ciclista. ¿Por qué? Podría ser efectista y melodramática y decir que fue por amor, pero mi conversión tuvo una única causa.

¿Amor? Sí, algo tuvo que ver. Conocí a un socio de A contramano y, como todo no puede reducirse a ir al cine, a exposiciones y a tomar café, me prestó su tarjeta de Sevici para que pudiéramos dar paseos juntos. Son bicicletas rígidas, pesadas, con un cambio de marchas que me resulta insuficiente, pero para irnos hasta el Parque del Alamillo a echar la tarde servían. Además, yo, que vivía en el Aljarafe, aparcaba el coche en el descampado de la feria y me iba andando al centro, descubrí que la cesta de la bicicleta era un buen sitio para dejar las compras cuando tenía que volver hasta el coche, trayecto que era mucho más rápido sobre la bicicleta que caminando a lo largo de la Avenida República Argentina. Y mi conversión se completó cuando me mudé a Sevilla y mi tía me regaló su bicicleta, que no usaba y estaba oxidándose, abandonada en su jardín: ahí fue donde descubrí que por qué aguantar atascos, aparcar a diez minutos del trabajo, soportar la vuelta interminable que da el 6 si cogía el transporte público o plegarme a las vicisitudes del tráfico si podía coger la bicicleta, dejar mis bártulos en la cesta y tardar sólo quince minutos en llegar al tajo o al centro. Ahora, todos mis desplazamientos por la ciudad son en bicicleta porque he constatado que tardo menos que con el coche y me indigno cuando el Ayuntamiento de Sevilla se desvincula de la Semana Europea de la Movilidad a pesar de ser una ciudad amiga de las bicicletas.

Si inicio hoy las "Crónicas de la Wendy" es porque pedalear es más rápido que caminar, pero aún así tienes más contacto directo con tu entorno que yendo en coche. En invierno, puedes oler las chimeneas de las casas en la Avenida de la Palmera; y cuando podan los naranjos es un placer llenarse los pulmones con el aroma a naranjas. Te cruzas con gente amable, con gilipollas, ¡con caballos durante la feria!, con guiris que a las cuatro de la tarde en agosto te paran desesperados para preguntarte una dirección porque no hay nadie más en la calle en ese momento. Con el cuidado debido, puedes regodearte en la contemplación de lo que te rodea, del frescor del Parque de María Luisa umbrío y recién regado en las mañanas de verano, de los paseantes y deportistas a orillas del río, de la vida en la calle. Se interacciona con la ciudad de una manera que el coche no permite y, como dice mi sufridor, no vas arrastrando tu propio peso sobre tus piernas, sino que vas cómodamente sentado. Todo esto da lugar a anécdotas, estampas y reflexiones y pensé que podría compartirlas. Al fin y al cabo, éste es mi blog y me lo follo cuando quiero, ¿no?

sábado, 27 de abril de 2013

La palabra del día (XXVI): alfonsear

En Twitter sigo a gente interesante, a amigos, a amigos que a su vez son interesantes... Y allí fue donde Laeme (usuaria que tiene candado, pero lo abre a quien quiera seguirla) se quejaba amargamente de que se ha propuesto retirar en la próxima edición del Diccionario de la Lengua Española la voz alfonsear, cuya etimología sea tal vez la misma que la de alfonsino y que significa "Burlarse de alguien en tono de chanza." Me pregunto qué rey Alfonso pudiera dar lugar a semejante palabra y en qué circunstancias.

viernes, 11 de enero de 2013

La palabra del día (XXV): fundíbulo

Ahora que al trabajo se suman la casa, la bicicleta y el ganchillo (ya veis, estoy ampliando horizontes en lo que a mis aficiones se refiere) tengo abandonada la escritura, aunque no haya dejado de leer: sin embargo, la palabra que he aprendido hoy no la he encontrado en un libro. Estaba registrando libros en Bookcrossing mientras mi sufridor jugaba al Diablo III cuando me ha preguntado "Tú que eres repelente y te inventas las palabras, ¿qué es un fundíbulo?". No debo ser tan repelente cuando he tenido que irme a buscarlo a la web de la RAE...

 fundíbulo. (Del lat. fundibŭlum). 1. m. Máquina de madera que servía para disparar piedras de gran peso.